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LII. Una profetisa

habría una revuelta general contra la corrupción. En cuanto a su propio destino, parecía tener una doble y alternante previsión: a veces se veía a sí mismo tomando parte gloriosa en esa revuelta, emitiendo una voz que se dejaría oír por toda la cristiandad y haciendo temblar el cuerpo muerto de la Iglesia hasta devolverle una vida nueva, como tembló el cuerpo de Lázaro cuando la voz divina penetró en el sepulcro; a veces no veía para sí otro porvenir que la persecución y el martirio: esta vida para él no era sino una vigilia, y solo después de la muerte llegaría el alba.

El puesto era de los que debían de impresionar a todas las mentes que no fueran de la índole más obtusa, aun cuando se inclinaran, como Maquiavelo, a interpretar el carácter del Frate mediante una clave que no presuponía ninguna elevación.

Para Romola, cuyo fervor afín le otorgaba una firme creencia en la auténtica grandeza de propósitos de Savonarola, la crisis resultaba tan estimulante como si hubiera formado parte de su propio destino. Se fundía como un recuerdo exaltador con todas sus labores cotidianas; y dichas labores no solo exigían una perseverancia difícil, sino un valor nuevo.

El hambre aún no se había marchado de Florencia, y toda la miseria, debido a su prolongada persistencia, se hacía cada vez más difícil de soportar; la enfermedad se extendía en la abarrotada ciudad y se temía la llegada de la peste. Mientras Romola caminaba, a menudo con fatiga, entre los enfermos, los hambrientos y los descontentos, sentía que era bueno verse inspirada por algo más que su propia piedad: por la creencia en un heroísmo que luchaba por fines sublimes, hacia los cuales la acción cotidiana de su piedad solo podía tender con debilidad, tal como los rocíos que hoy refrescan el terreno poblado de malas hierbas tienden a preparar una cosecha invisible en los años venideros.

Pero aquella poderosa música que la conmovió en el Duomo no carecía de notas discordantes.

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