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LXV

disgusto y la rabia de cada hombre se volvieran hacia su interior para fermentar allí en la húmeda oscuridad.

Ahora todo el mundo sabía que la Prueba del Fuego no iba a celebrarse. Sin duda, la Señoría se alegraba de la lluvia, por ser un motivo evidente, mejor que cualquier pretexto, para declarar que ambas partes podían volverse a casa. Era el desenlace que Savonarola había esperado y deseado; sin embargo, describir lo que sentía diciendo que estaba contento sería una mala caracterización.

Mientras aquella lluvia caía, salpicaba el borde de la Loggia y rociaba el altar, así como todas las vestiduras y rostros, el Frate sabía que la exigencia de que entrara en el fuego había llegado a su fin. Pero sabía también, con una certeza tan inapelable como el frío húmedo que se había apoderado de su cuerpo, que el plan de sus enemigos se había cumplido y que su honor no estaba a salvo. Sabía que tendría que abrirse camino de vuelta a San Marco a través de la multitud encolerizada, y que los corazones de muchos amigos que antaño lo habrían defendido con su vida se volverían ahora contra él.

Cuando cesó la lluvia, pidió una escolta a la Señoría, y se la concedieron. ¿Había dicho que estaba dispuesto a morir por la obra de su vida? Sí, y no había mentido. ¿Pero morir deshonrado⁠ —expuesto a la burla como un hipócrita y un falso profeta⁠—?

«¡Oh, Dios! ¡Eso no es el martirio! Es la anulación de una vida que ha sido una protesta contra el mal. Déjame morir por el valor que hay en mí, no por mi debilidad».

La lluvia había cesado, y la luz de las nubes que se abrían cayó sobre Savonarola cuando este salió de la Logia en medio de su guardia, caminando tal como había venido, con el Sacramento en la mano. Pero ya no parecía haber gloria en la luz que caía sobre él, ni sonrisa del cielo: era tan solo esa luz que brilla, paciente e imparcialmente,

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