para endulzar al amargo Messer Angelo; pues ha declarado que eres menos asno de lo que cabría esperar, teniendo en cuenta la tan buena sintonía que hay entre ti y el secretario”.
“Y entre nos, Nello mio, ese Messer Angelo tiene más genio y erudición que los que puedo hallar en todos los demás eruditos florentinos juntos.
Puede que a ellos les vaya muy bien ensalzarme ahora, cuando Poliziano está abatido por el dolor, o la enfermedad, o cualquier otra cosa; puedo intentar volar contra un gavilán como Pietro Crinito, pero en cuanto a Poliziano, es un águila de pico grande que me tragaría, plumas y todo, sin notar la diferencia”.
—No seré yo quien contradiga tu modestia en eso, ya que así lo quieres; pero no esperarás que nosotros, los ingeniosos florentinos, nos pasemos la vida repitiendo todos los días las mismas cosas, como tendríamos que hacer si dijéramos siempre la verdad.
Despotricamos de Dante y ensalzamos a Francesco Cei, meramente por variar; y si te ensalzamos a ti como a un nuevo Poliziano, el cielo ha procurado que no sea una mentira tan grande como podría haber sido.
¿Y acaso no eres un modelo de virtud en esta ciudad inicua? ¿Con los oídos sellados con doble cera contra todas las invitaciones de las sirenas que quisieran apartarte de la Via de’ Bardi y de esa gran obra destinada a asombrar a la posteridad?
“La posteridad a decir verdad, a la que probablemente asombrará como el universo lo hace, por la imposibilidad de ver cuál fue el plan de este”.
“Sí, algo por el estilo se profetizaba aquí el otro día. Cristoforo Landino dijo que el excelente Bardo era uno de esos eruditos que yacen derribados por su propio saber, como caballeros con armadura pesada, y luego se enojan porque los atropellan; y me parece que esa aguda observación no