cuyo latín me resulta ofensivo y que vaga a tientas entre las fantasías supersticiosas que marcaron la decadencia simultánea del arte, la literatura y la filosofía, como el sumo sacerdote del platonismo, mientras que yo, que los supero, no he logrado otra cosa que una obra dispersa que otros hombres se apropiarán?
¿Por qué? Pues porque mi hijo, a quien había educado para reponer mi madura erudición con la empresa de su juventud, me abandonó a mí y a todas las ocupaciones liberales para flagelarse y aullar a medianoche con frailes abyectos; ¿para vagar en peregrinaciones propias de hombres que no conocen otro pasado anterior al misal y al crucifijo?; ¿me abandonó cuando la noche ya empezaba a caer sobre mí?
En estas últimas palabras la voz del anciano, que se había elevado con fuerza en una protesta indignada, cayó en un tono de reproche tan trémulo y doliente que Romola, volviendo de nuevo los ojos hacia el rostro ciego y envejecido, sintió que el corazón se le llenaba de una compasión indulgente. Volvió a sentarse junto a su padre y puso la mano sobre su rodilla; era demasiado orgullosa para prodigar con palabras un consuelo que pudiera parecer una reivindicación de su propio valor, pero deseaba confortarlo con alguna señal de su presencia.
—Sí, Romola —dijo Bardo, dejando caer maquinalmente su mano izquierda, con sus macizos anillos profilácticos, un poco demasiado pesadamente sobre el dorso delicado y de venas azules de la derecha de la muchacha, de modo que ella se mordió el labio para evitar dar un sobresalto. > «Si tan solo Florencia ha de recordarme, no puede ser sino por el mismo motivo por el que recordará a Niccolò Niccoli: porque abandoné la vulgar búsqueda de la riqueza en el comercio para poder consagrarme a coleccionar los preciosos restos del arte y de la sabiduría antiguos,