entendían a la perfección para encontrarse ante cierta casa un poco hacia el extremo oriental de la Via de’ Bardi, donde el amo probablemente estaría en cama y sería sorprendido en su sueño matutino.
Pero el amo de aquella casa no estaba durmiendo ni en la cama; no se había acostado en toda la noche. Pues el ansia de Tito por abandonar Florencia se había visto avivada por los acontecimientos del día anterior: se llevarían a cabo investigaciones en las que tal vez se apelaría a él, retrasando su partida; y en todo retraso albergaba la incómoda sensación de que había peligro.
La falsedad había prosperado y crecido con fuerza, pero había alimentado a su gemela: el temor. Ya no llevaba su armadura, ya no temía a Baldassarre; pero del cadáver de ese miedo muerto había surgido un espíritu: el hábito inmarcesible del temor. Sentía que no estaría a salvo hasta salir de aquella Florencia feroz y turbia; y ahora ya estaba listo para partir.
Maso debía entregar la casa al nuevo inquilino; sus caballos y mulas lo esperaban en San Gallo; Tessa y los niños se habían hospedados por la noche en el Borgo, fuera de las murallas, y estarían vestidos y listos para montar en las mulas y unirse a él.
Bajó los peldaños de piedra hacia el patio, cruzó la gran puerta, no siendo el mismo Tito, pero casi tan brillante como el día en que entró por primera vez en aquella casa y cometió el error de enamorarse de Romola. El error ya estaba subsanado: la antigua vida había quedado atrás y pronto se hallaría muy lejos de él.
Se volvió con pasos rápidos hacia la Piazza dei Mozzi, con la intención de cruzar por el Ponte Rubaconte; pero mientras caminaba, ciertos sonidos llegaron a sus oídos que lo hicieron darse la vuelta y caminar aún más deprisa en dirección contraria.