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XXXVIII. Las marcas negras se vuelven mágicas

despejados de aquel alto terreno, y miraba hacia la ciudad de cúpulas y torres, que dormía oscuramente bajo sus guardianes dormidos, las montañas; hacia el pálido brillo del río; hacia el valle que se desvanecía hacia los picos de nieve; y se sentía dueño de todos ellos.

Esa sensación de imperio mental que nos pertenece a todos en momentos de claridad excepcional se vio intensificada para él por los largos días y noches en los que la memoria no había sido mucho más que la conciencia de algo perdido. Aquella ciudad, que había sido un laberinto fatigoso, era ahora materia que podía someter a sus propósitos: su mente examinaba los asuntos de esta con conjeturas fulgurantes; volvía a ser un hombre que conocía las ciudades, cuyo sentido de la visión estaba aleccionado por una vasta experiencia, y que sentía el agudo deleite de abarcar todas las cosas en el dominio del lenguaje. ¡Nombres! ¡Imágenes!⁠—su mente recorría su riqueza sin detenerse, como quien toma posesión de una gran herencia.

Pero en medio de toda esa ávida prisa había un Fin que presidía en la conciencia de Baldassarre: una oscura deidad en la celda más íntima, que solo parecía olvidada mientras se preparaba su hecatombe.

Y cuando el primer triunfo ante la certeza del poder recuperado hubo seguido su curso, sus pensamientos se centraron en Tito.

Ese bellísimo y escurridizo áspid no podía escaparse de él ahora; gracias a la justicia luchadora, el corazón que jamás había temblado de ternura por otro tenía sus fibras sensibles y egoístas a las que se podía llegar con la afilada punta de la angustia. El alma que no se inclinaba ante ningún derecho, se inclinaba ante el gran señor de los mortales, el Dolor.

Él podía indagar en cada secreto de la vida de Tito ahora: ya conocía algunos de los secretos, y el fracaso del puñal roto, que parecía una frustración, había sido el principio del logro.

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