apellido familiar: se había casado con la hermana de Lorenzo de Médici y había tenido la boda más espléndida que recordaba la tapicería florentina; y por estas y otras virtudes había sido enviado en embajadas a Francia y Venecia, y había sido elegido gonfaloniero; no solo se había construido un magnífico palacio, sino que había terminado de colocar la fachada de mármol blanco y negro en la iglesia de Santa Maria Novella; había plantado un jardín con árboles raros y lo había convertido en tierra clásica al acoger en él las reuniones de la Academia Platónica, huérfana tras la muerte de Lorenzo; había escrito un excelente y erudito libro, de un nuevo género topográfico, sobre la antigua Roma; había coleccionado antigüedades; poseía una latinidad pura. El relato más sencillo sobre él, como puede verse, parece un epitafio laudatorio, al término del cual se le podría pedir con confianza a las Musas griegas y ausonias que se arrancaran los cabellos, y a la Naturaleza que desistiera de cualquier segundo intento de combinar tantas virtudes en un solo juego de vísceras.
Su invitación le había sido transmitida a Tito por medio de Lorenzo Tornabuoni, con un énfasis que habría sugerido que el objetivo de la reunión era político, aun si las cuestiones públicas de la época hubiesen sido menos acuciantes. Tal como estaban las cosas, Tito tenía la certeza de que algún propósito partidista iba a verse favorecido por los excelentes sabores del pescado estofado y el viejo vino griego; pues Bernardo Rucellai no era simplemente un personaje influyente, era uno de los selectos Veinte que durante tres semanas habían sostenido las riendas de Florencia. Esta seguridad puso a Tito de excelente humor mientras se dirigía hacia la Vía della Scala, donde se hallaba el jardín clásico; sin ella, podría haber albergado alguna inquieta especulación acerca de si la alta compañía que tendría el honor de encontrar sería probablemente aburrida además de