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XVIII. El Retrato

que sin duda llenaría su cabecita de expectativas destinadas a la desilusión? ¿Debería intentar ver a la pequeña a solas de nuevo y desengañarla de inmediato, o debería dejar la revelación al tiempo y al azar? Los sueños felices son agradables, y terminan fácilmente con la luz del día y el bullicio de la vida. ¡La dulce, pucheruda, inocente y redonda criatura! Era imposible no pensar en ella. Tito pensó que le gustaría algún día llevarle un regalo que la complaciera, y enterarse simplemente de si su padrastro la trataba con más crueldad ahora que su madre había muerto.

O bien, ¿debería desengañar a Tessa de inmediato y luego contarle a Romola lo de ella, para que pudieran encontrar un destino más feliz para la pobre muchacha?

No: ese desafortunado pequeño incidente del cerretano y el matrimonio, y el haber permitido que Tessa se apartara de su lado viviendo en el engaño, jamás debían ser conocidos por Romola, y dado que ninguna clarificación podía borrarlo de la mente de Tessa, siempre existiría el riesgo de una traición; además, incluso la pequeña Tessa podría guardar algo de hiel en su interior al verse decepcionada en su amor —sí, tenía que estar un poco enamorada de él—, y eso hacía aconsejable que no volviera a verla.

Sin embargo, era una insignificante aventura en la que una muchacha de pueblo tal vez reflexionaría hasta que algún contadino de mejillas rojas le hiciera una corte aceptable, momento en el cual rompería su promesa de secreto y descubriría la verdad de que era libre.

Dunque —¡adiós, Tessa! ¡los mejores deseos! Tito había decidido que el tonto asunto del cerretano no tendría más consecuencias para él; y la gente suele pensar que las resoluciones tomadas en beneficio propio han de ser firmes.

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