sonrisa ni palabra de gratitud, no sintió ningún impulso de apartar a aquella visitante, y volvió a dejarse caer pasivamente sobre su paja, mientras Tessa se colocaba muy cerca de él, le ponía el cuenco de madera en el regazo y dejaba la linterna delante de ellos, cruzando las manos ante sí y asintiendo con la cabeza hacia el cuenco con una sonrisa elocuente, como quien dice: «Sí, de verdad te lo puedes comer». Pues, en la emoción de llevar a cabo su obra, había olvidado su pensamiento previo de que el desconocido no sería sordo, y había recaído en su alternativa habitual de lenguaje de gestos y gritos.
La invitación no era desagradable, pues había estado royendo un mendrugo de pan seco, lo cual le había dejado mucho apetito para cualquier cosa caliente y sabrosa.
Tessa contempló la desaparición de dos o tres bocado sin hablar, pues al principio sus ojos le habían parecido un tanto feroces; pero ahora se aventuró a acercar la boca a su oreja de nuevo y exclamar:
“Me gusta mi cena, ¿a ti no?”
No era una sonrisa, sino más bien la expresión más apacible de un perro conmovido por la bondad, pero incapaz de sonreír, la que Baldassarre dirigió a aquella criatura redonda de ojos azules que se preocupaba por él.
—Sí —dijo—, pero oigo bien; no estoy sordo.
—Es verdad; lo había olvidado —dijo Tessa, levantando las manos y entrelazándolas—. Pero Monna Lisa es sorda, y vivo con ella. Es una anciana amable, y no le tengo miedo. Y vivimos muy bien: tenemos un montón de cosas ricas. Puedo comer nueces si quiero. Y ahora no tengo la obligación de trabajar. Antes tenía que trabajar, y no me gustaba; pero me gustaba alimentar a las mulas, y me gustaría volver a ver a la pobre Giannetta, la pequeña mula. Solo tenemos una cabra y dos cabritos, y yo solía hablarle mucho a la cabra, porque no había nadie más que Monna Lisa. Pero ahora tengo otra cosa... ¿puedes adivinar qué es?