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Prólogo

El Frate llevaba su doctrina un poco demasiado lejos para oídos ancianos; aun así, era algo memorable ver a un predicador conmover a su audiencia hasta tal punto que las mujeres incluso se quitaban los adornos y los entregaban para ser vendidos en beneficio de los necesitados.

“Era un hombre notable, aquel prior de San Marco”, piensa nuestro Espíritu; “algo arrogante y extremado, tal vez, especialmente en sus denuncias de venganza pronta. Ah, Iddio non paga il Sabato⁠—el pago de los pecados de los hombres a menudo se demora, y yo mismo vi mucha maldad establecida de larga y próspera existencia. Pero un Frate Predicatore que quería conmover al pueblo⁠—¿cómo iba a ser moderado? Podría haber sido un poco menos desafiante y cortante, sin embargo, con Lorenzo de’ Medici, cuya familia había sido la verdadera creadora de San Marco: ¿llegó a zanjarse alguna vez aquella disputa?”.

Y nuestro propio Lorenzo, con los apagados ojos exteriores y la sutil visión interior, ¿superó aquella enfermedad en Careggi?

No era sino un rostro triste y de aspecto inquieto el que se llevaría de este mundo que tanto le había dado, y existían fuertes sospechas de que su apuesto hijo desempeñaría el papel de Roboam.

¿Cómo ha resultado todo al final? ¿Qué bando es probable que sea desterrado y vea sus casas saqueadas ahora mismo?

¿Hay acaso algún sucesor del incomparable Lorenzo, a quien el Gran Turco sea tan clemente como para enviarle presentes de animales raros, reliquias raras, manuscritos raros o enemigos fugitivos, acordes con los gustos de un Magnífico cristiano que es a la vez culto y devoto, y también un punto vindicativo? ¿Y qué erudito famoso está dictando las cartas en latín de la República?, ¿qué fogoso filósofo está dando conferencias sobre Dante en el Duomo, y volviéndose a casa para escribir amargas invectivas contra el padre y la

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