saben perfectamente qué otro partido estaría arriba ahora mismo: los Nerli, los Alberti, los Pazzi y los demás— Arrabbiati, como alguien los bautizó el otro día—, quienes, en vez de darnos una amnistía, se inclinarían a abalanzarse sobre nuestras gargantas como perros rabiosos y no estarían satisfechos hasta haber desterrado a la mitad de nosotros».
Hubo fuertes exclamaciones de asentimiento a esta última frase de Tornabuoni, mientras este se detenía y miraba a su alrededor un momento.
«Una sabia disimulación —prosiguió— es el único camino para los hombres moderados y racionales en tiempos de violencias partidistas. Apenas necesito decir a esta compañía cuáles son mis verdaderas afinidades políticas: no soy el único hombre aquí con fuertes lazos personales con la familia desterrada; pero, aparte de tales lazos, estoy de acuerdo con mis amigos más experimentados, que me permiten hablar en su nombre en su presencia, en que el único estado de cosas duradero y pacífico para Florencia es el predominio del interés de una sola familia.
Esta teoría del Frate, de que hemos de tener un gobierno popular, en el que cada hombre deba luchar únicamente por el bien general, sin conocer nombres de partidos, es una teoría que podrá servir para alguna isla del descubrimiento de Cristoforo Colombo, pero jamás servirá para nuestra bella y pendenciera Florencia.
Un cambio ha de llegar en poco tiempo, y con paciencia y cautela tenemos todas las oportunidades de inclinar el cambio a nuestro favor. Mientras tanto, lo mejor que podemos hacer es mantener enarbolada la bandera del Frate, pues si se izara cualquier otra en este momento, sería para nosotros una bandera negra».
“Es verdad —dijo Niccolò Ridolfi, de un modo seco y decisivo—. Lo que dices es verdad, Lorenzo. Por mi parte, soy demasiado viejo para que