regresado de manera tan cercana como en la persona de Naldo, sentado en aquel sillón tallado de respaldo recto que él le había proporcionado para su comodidad cuando iba a ver a Tessa y a los niños. El propio Tito se sorprendía de la creciente sensación de alivio que sentía en esos momentos. No hacía falta ninguna astucia con Tessa: ella era demasiado ignorante y demasiado inocente para sospechar nada de él. Y las vocecitas que lo llamaban «Babbo» eran muy dulces a sus oídos durante el breve tiempo en que las escuchaba. Cuando pensaba en abandonar Florencia, nunca pensaba en dejar atrás a Tessa y a los pequeños. Le tenían mucho cariño aquellas criaturas de mejillas redondas y ojos muy abiertos que se aferraban a él y no sabían nada malo de su parte. Y dondequiera que puede brotar el afecto, es como la hoja verde y la flor: puro, y exhalando pureza, sea cual fuere el suelo en el que crezca. La pobre Romola, con todo su esfuerzo abnegado, estaba ayudando en realidad a endurecer la naturaleza de Tito al enfriarla con una aversión positiva que antes le había parecido imposible; pero Tessa mantenía abiertas las fuentes de la bondad.
—Ninna está muy bien sin mí ahora —empezó Tessa, sintiendo que su ruego le subía mucho por la garganta, y dejando que Ninna se sentara en el suelo—. Puedo dejarla con Monna Lisa a cualquier hora, y si está en la cuna y llora, Lillo es de lo más sensato: va y le da golpes a Monna Lisa.
Lillo, cuyos grandes ojos oscuros parecían aún más oscuros porque sus rizos eran de un castaño claro como los de su madre, saltó de las rodillas de Babbo y fue de inmediato a dar prueba de su inteligencia golpeando a Monna Lisa, quien negaba lentamente con la cabeza sobre su rueca al otro extremo de la habitación. > —¡Un niño maravilloso! —dijo Tito,