Y creéis que la muerte de un hombre, que pronto os habría ensillado y en bridados como el Sforza ha ensillado y enfrenado a Milán —creéis que su muerte es el flagelo del que Dios os advierte mediante prodigios. Os digo que hay otra clase de flagelo en el aire.
—No, no, ser Cioni, manténgase a caballo en su política y no monte nunca su profecía; la política es mejor cabalgadura —dijo Nello—. Pero si habla de presagios, ¿qué presagio puede ser mayor que un notario piadoso? El asno de Balaam no era nada a su lado.
—Ay, pero un escribano sin trabajo, con el tintero seco —dijo otro transeúnte, muy andrajoso—. Más le valdría ponerse el sayal de inmediato, ser Cioni: todos creerán en sus ayunos.
El notario se dio la vuelta y abandonó el grupo con una mirada de indignado desprecio, dejando al descubierto, al hacerlo, el rostro cetrino pero apacible de un hombre bajito que había estado de pie detrás de él, cuyos hombros encorvados delataban alguna ocupación sedentaria.
—Por San Juan, sin embargo —dijo el gordo comprador de puerros, con el aire de alguien cuyas teorías se habían tambaleado un poco—, no estoy seguro de que no haya algo de verdad en lo que dice ser Cioni. Pues bien sé que tengo buenas razones para quejarme de los quattrini bianchi por mí mismo. ¿Que si protestamos?, ¿dijo eso? ¡Mil demonios! Ya lo creo que protestamos; y, con que alguien dé la orden, saldré a la plaza de los primeros, antes de consentir que nos cambien el dinero en las manos como si los magistrados fueran una panda de hechiceros. Y es verdad que Lorenzo podría haber evitado semejante entuerto de haber querido; y en cuanto al toro de los cuernos llameantes, bueno, tal como dice ser Cioni, bien puede tener muchos significados, a decir verdad; podría tener más que ver con los impuestos de lo que pensamos. Pues cuando Dios desde lo alto envía una señal, no hay que suponer que vaya a tener un solo significado.