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LXVI

Una máscara de las Furias

Al día siguiente era Domingo de Ramos, o Domingo del Olivo, como se le llamaba principalmente en el Valdarno, región productora de aceite, y el sol de la mañana brillaba con una claridad más deliciosa debido a la lluvia de ayer.

Una vez más, Savonarola subió al púlpito en San Marco y vio a su alrededor un rebaño cuya fe en él seguía siendo inquebrantable; y esa mañana, con serena y triste sinceridad, se declaró listo para morir: frente a todas las visiones, vio su propia condicción.

Una vez más pronunció la bendición y vio los rostros de hombres y mujeres levantados hacia él con amor venerante. Luego descendió los peldaños del púlpito y se apartó de aquella visión para siempre.

Pues antes de que el sol se hubiera puesto, Florencia era un tumulto. Las pasiones que se habían despertado el día anterior habían estado ardiendo bajo la ceniza durante aquella apacible mañana, y ahora habían vuelto a estallar con una furia no desprovista de premeditación ni exenta de connivencia oficial.

El tumulto había comenzado en el Duomo, en un intento de algunos Compagnacci por impedir el sermón vespertino, que los Piagnoni se habían congregado a escuchar. Pero apenas se caldeó la sangre de los hombres y los disturbios se convirtieron en una refriega, se alzó el grito: «¡A San Marcos! ¡El fuego a San Marcos!».

Y mucho antes de que la luz del día se hubiera extinguido, tanto la iglesia como el convento estaban siendo asediados por una multitud

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