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XII. El premio está casi al alcance de la mano

tus hijos y nunca nos separemos.

La mano de Tito estrechó la suya con fuerza por primera vez, mientras ella hablaba, pero ambos tenían los ojos puestos con ansiedad en su padre.

—¿Por qué no ha de serlo? —dijo Bardo, como si argumentara contra cualquier oposición a su asentimiento, más que asentir—. Sería una felicidad para mí; y tú también, Romola, serías más feliz por ello.

Él le acarició suavemente el pelo largo y se inclinó hacia ella.

—Ah, he estado a punto de olvidar que tú necesitas otro amor que no sea el mío. Y serás una esposa noble. Bernardo piensa que difícilmente encontraré un esposo adecuado para ti. Y tal vez tenga razón. Pues no eres como el montón de tu sexo: eres una mujer tal como los poetas inmortales la soñaron cuando cantaban las vidas de los héroes; tierna pero fuerte, como tu voz, que ha sido para mí en lugar de la luz en los años de mi ceguera… ¿Y así lo amas?

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