elevándose por encima de él con fealdad sobresaliente, la figura simbólica del viejo y libertino Carnaval.
Esta era la preparación para una nueva clase de hoguera: la Quema de Vanidades. Oculto en el interior de la pirámide había un abundante suministro de leña seca y pólvora; y en este último día del festival, al caer la tarde, la pila de vanidades iba a ser prendida al son de las trompetas, y el feo y viejo Carnaval se precipitaría a las llamas en medio de canciones de triunfo reformista.
Este acto culminante de las nuevas festividades difícilmente habría podido prepararse de no ser por una peculiar organización que Savonarola había puesto en marcha dos años antes.
La masa de la infancia y la juventud florentina ya no se entregaba a sus espontáneos impulsos de travesuras callejeras y grosera lascivia. Bajo la instrucción de fray Doménico, una especie de lugarteniente de Savonarola, los muchachos y los mozos, la esperanza de Florencia, no debían tener en sus labios más que palabras puras, debían sentir un celo por el Bien Invisible capaz de avergonzar la tibieza de sus mayores y no debían conocer más placeres que los de índole angélica: cantar alabanzas divinas y marchar con túnicas blancas.
Fue para ellos que se habían levantado hileras de asientos contra los muros del Duomo; y estaban acostumbrados a oír a Savonarola apelar a ellos como la futura gloria de una ciudad especialmente designada para cumplir la obra de Dios.
Aquellas tropas de mejillas frescas eran los principales agentes de la regocijada renovación del nuevo Carnaval, que era una especie de parodia sagrada del antiguo. ¿Había habido hogueras en los viejos tiempos? Habría una hoguera ahora, que consumiría la impureza de la faz de la tierra. ¿Había habido procesiones simbólicas? Habría procesiones ahora, pero los símbolos serían túnicas blancas, cruces rojas y coronas de olivo