que jamás esperé de ella. Estas mujeres, si no son felices y no tienen hijos, o bien se entregan a la ligereza o bien abrazan una religión extremada que les hace creer que tienen sobre sus hombros toda la labor del cielo. Y en cuanto a mi pobre niña Romola, es como siempre dije: tanta acumulación de latín y griego la ha dejado tan mujer como si no hubiera hecho otra cosa en todo el día que pincharse los dedos con la aguja. Y este marido suyo, al que emplean en todas partes porque es una herramienta de mango liso, ojalá Tornabuoni y los demás no acaben con los dedos cortados. Bien, bien, solco torto, sacco dritto —de un surco torcido sale a menudo un saco lleno—; y quien solo quiera ser capitán de hombres honrados tendrá poca soldada que pagar».
Con esta arraigada convicción de que no podía haber un cribado moral de los agentes políticos, el anciano florentino se abstuvo de toda intervención en perjuicio de Tito.
Aparte de lo que debía mantenerse sagrado y privado por el bien de Romola, Bernardo no tenía nada directo que alegar contra el útil griego, salvo que era griego y que a él, Bernardo, no le gustaba; pues la duplicidad de fingir afecto por el gobierno popular, mientras en el fondo era partidario de los Médici, era común a Tito con más de la mitad del partido mediceño. Solo fingía con más habilidad que el resto: eso era todo.
Así que Bernardo se mostraba simplemente frío con Tito, quien le devolvía esa frialdad con un respeto escrupuloso y distante. Y en Florencia seguía prevaleciendo la idea de que el viejo vínculo entre Bernardo y Bardo convertía cualquier servicio prestado al esposo de Romola en un homenaje aceptable para su padrino.
Tras cumplir con su encargo en el Palacio Viejo, Tito sintió que el trabajo oficial declarado del día había terminado. Estaba cansado y marchito por el largo recorrido a caballo, pero no se fue a casa. Había ciertas cosas en su scarsella y en su mente de las cuales