muestras de mi habilidad, en la cual esta pequeña doncella me podría haber ayudado mejor debido a su carita de gatita, que les habría dado seguridad de un trato franco; y le había prometido un regazo de confetti como recompensa. ¿Pero qué pasa entonces? Messer tiene sin duda mejor confetti a mano, y ella lo sabe.
Una risa general entre los espectadores acompañó estas últimas palabras del prestidigitador, provocada, probablemente, por la mirada de alivio y confianza con que Tessa se aferró al brazo de Tito, mientras este lo retiraba de su cintura y colocaba la mano de ella dentro de él.
A ella solo le importaba la risa como le habría importado el rugido de las fieras de las que estaba escapando, sin atribuirle ningún significado; pero Tito, que no bien la hubo tomado del brazo cuando ya vio venir cierta incomodidad en la situación, se apresuró a alejarse de los mirones que, habiéndose visto privados de una diversión esperada, de seguro restablecerían el equilibrio a base de bromas.
—¡Mira, mira, pequeña! aquí tienes tu antifaz —dijo el prestidigitador, arrojando el trozo de tela blanca sobre la cabeza de Tessa—. Orsù, no me guardes rencor; vuelve conmigo cuando Messere pueda prescindir de ti.
—¡Ah! Maestro Vaiano, volverá en un momento, como el sapo le dijo al rastrillo —gritó uno de los espectadores, al ver cómo Tesa se estremecía y se encogía ante la acción del prestidigitador.
Tito se abrió paso enérgicamente hacia la esquina de una calle lateral, un poco contrariado por este retraso en su camino hacia la Vía de’ Bardi, y con la intención de deshacerse de la pobre y pequeña contadina tan pronto como fuera posible.
La calle siguiente también tenía transeúntes dispuestos a hacer comentarios festivos sobre una pareja tan inusual; pero apenas hubieron entrado en ella, él dijo, de un modo amable pero apresurado: «Ahora, pequeña, ¿adónde ibas? ¿Has venido tú sola a la Festa?».