para el monje medio, y tal vez difícil de concebir para cualquier hombre que no haya llegado al autoconocimiento a través de una tumultuosa vida interior: una consciencia en la que los errores irrevocables y las desviaciones de la veracidad se hallaban tan entrelazados con nobles propósitos y sinceras creencias, en la que la conveniencia autojustificativa estaba tan entretejida en la trama de una gran obra que el ser entero parecía tan incapaz de abandonar como el cuerpo era incapaz de abandonar el ardor y el temblor ante los objetos de la esperanza y el temor, que quizá resultaba imposible, tomase el rumbo que tomase, hallar el reposo perfecto para la conciencia.
Savonarola no solo estaba en actitud de oración, había palabras latinas de oración en sus labios; y, sin embargo, no estaba rezando.
Había entrado en su celda, había caído de rodillas y prorrumpido en palabras de súplica, buscando de este modo una afluencia de calma que le sirviera de garantía de que las resoluciones urgidas en él por pensamientos y pasiones apremiantes no lo estaban apartando del amparo divino; pero las previsiones e impulsos que habían estado obrando en su interior durante la última hora eran demasiado imperiosos; y mientras se apretaba las manos contra el rostro y mientras sus labios pronunciaban audiblemente « Cor mundum crea in me », su mente seguía llena de las imágenes de la trampa que sus enemigos le habían preparado, seguía ocupada en los argumentos con los que podía justificarse ante sus burlas y acusaciones.
Y no era solo contra sus oponentes contra quienes Savonarola tenía que defenderse. Esa misma mañana había tenido una nueva prueba de que sus amigos y seguidores estaban tan inclinados a urgir la Prueba del Fuego como sus enemigos: deseando y esperando tácitamente que él mismo aceptara por fin el desafío y evocara el milagro largamente esperado que disiparía la duda y triunfaría sobre la malicia.