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XXXI. La fruta es semilla

“Adiós, dulce mío. Debo esperar en casa. Llévate a Maso contigo”.

Aun así Tito no levantó la vista, y Romola salió sin decir nada más.

Cualquier cosa insignificante marca una época en la vida conyugal, y esa mañana, por primera vez, admitió para sus adentros no solo que Tito había cambiado, sino que había cambiado con respecto a ella. ¿Estaría la causa en ella misma? Quizás lo habría pensado así, de no haber existido los hechos de la cota de malla y del cuadro para sugerir algún acontecimiento externo que era un completo misterio para ella.

Pero Tito no bien creyó que Romola estaba fuera de la casa cuando dejó la pluma y alzó la vista, con la deliciosa seguridad de no ver otra cosa que pergamino y mármol roto. Estaba bastante disgustado consigo mismo por no haber sido capaz de mirar a Romola y portarse con ella exactamente como de costumbre. Habría elegido, de haber podido, ser incluso más amable que de costumbre; pero no pudo, de repente, dominar un encogimiento involuntario ante ella que, por una sutil relación, dependía de aquellas mismas características en él que hacían que deseara no fallar en sus muestras de afecto. Estaba a punto de dar un paso que sabía que despertaría su profunda indignación; tendría que enfrentarse a mucho de desagradable antes de poder ganar su perdón. Y a Tito jamás le resultaba fácil afrontar el descontento y la ira; su naturaleza era una de las más alejadas del desafío o la impudicia, y todas sus inclinaciones se inclinaban hacia la preservación de la ternura de Romola. No le atormentaban los escrúpulos sentimentales que, según se había demostrado a sí mismo mediante un curso de razonamiento muy rápido, no guardaban relación con la utilidad sólida; pero su falta de escrúpulos no lo libraba del temor a lo desagradable.

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