—No, Romola mía, no dije tal; si he pronunciado un anatema contra un hijo desnaturalizado e ingrato, no dije que pudiera desearte distinta de la dulce hija que has sido para mí.
¿Pues qué hijo me habría atendido con tanta suavidad en las frecuentes dolencias que he padecido últimamente? Y aun en el saber no eres, para tu medida, desdeñable. Tal vez habría algo que desear en tu capacidad de atención y memoria, no incompatible aun con la mente femenina.
Pero como dio testimonio Calcondila, cuando me ayudó a enseñarte, posees una rápida aprehensión y hasta una inteligencia de miras amplias. Y tienes la nobleza de alma de un hombre: jamás me has importunado con tus mezquinos deseos como lo hacía tu madre.
Es verdad, he tenido cuidado de mantenerte alejada de la influencia degradante de tu propio sexo, con su frivolidad semejante a la de los gorriones y su superstición esclavizante, a excepción, en verdad, de la de nuestra prima Brígida, que bien puede servir de espantapájaros y de advertencia. Y aunque —puesto que coincido con el divino Petrarca cuando declara, citando la Aulularia de Plauto, quien a su vez le debía la verdad al supremo intelecto griego: ‘ Optimam foeminam nullam esse, alia licet alia pejor sit ’— no puedo jactarme de que estés enteramente alzada por encima de esa categoría inferior a la que la naturaleza te destinó, ni siquiera de que en erudición estés a la par con las mujeres más doctas de esta época; eres, sin embargo —sí, Romola mía— —dijo el viejo, volviendo a fundir su pedantería en ternura—, eres mi dulce hija, y tu voz es como las notas graves de la flauta, ‘ dulcis, durabilis, clara, pura, secans aëra et auribus sedens ’, según las selectas palabras de Quintiliano; y Bernardo me dice que eres hermosa, y tu cabello es como el brillo de la mañana, y en verdad me parece discernir en ti alguna irradiación.