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El secreto del Vengador

El secreto del Vengador

Era la primera vez que Baldassarre se encontraba en la Piazza del Duomo desde su huida. Tenía un gran deseo de volver a oír predicar al notable monje, pero le había aterrorizado reaparecer en el mismo lugar donde se le había visto medio desnudo, con el pelo descuidado, con una soga al cuello⁠—en el mismo lugar donde le habían llamado loco. El sentimiento, en su frescura, era demasiado intenso para ser superado por la confianza que pudiera tener en el cambio que había hecho en su apariencia; porque cuando las palabras «algún loco, sin duda», habían brotado de los labios de Tito, no había sido solo su bajeza y crueldad lo que había dejado su aguijón de víbora⁠—había sido la instantánea y amarga consciencia en Baldassarre de que tal vez fuera incapaz de demostrar que esas palabras eran falsas. Junto con el apasionado deseo de venganza que lo poseía, había surgido la aguda sensación de que su poder para consumar dicha venganza era dudoso. Era como si a Tito lo hubiera ayudado algún apuntador diabólico, que le hubiera susurrado el más triste secreto de Baldassarre al oído del traidor. No estaba loco, pues llevaba dentro de sí ese piadoso sello de la cordura: la clara consciencia de sus facultades destrozadas; medía su propia debilidad. Con el primer movimiento de furia vindicativa despertó una vaga cautela, semejante a la de una fiera feroz pero débil⁠—o a la de un insecto cuyo pequeño fragmento de tierra se ha desmoronado y lo ha hecho detenerse en una parálisis de desconfianza. Fue esta desconfianza, esta determinación de no dar ningún paso que pudiera delatar algo sobre sí mismo, lo que había hecho que Baldassarre rechazara los ofrecimientos amistosos de Piero di Cosimo.

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