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VIII. Un rostro entre la multitud

Pero la segunda mitad del siglo empezaba a avergonzarse bastante de las torres con sus pinturas circulares o en espiral, que habían deleitado los ojos y los corazones de la otra mitad, de modo que se habían convertido en un proverbio despectivo, y cualquier figura mal pintada que pareciera, como a veces les ocurre a las figuras en las mejores épocas del arte, como si la hubieran desuesado para un pastel, era llamada un fantoccio da cero, un títere de torre; en consecuencia, el gusto mejorado, con la ayuda de Cecca, había ideado para la magnífica Zecca un carro triunfal semejante a un catafalco piramidal, con ingeniosas ruedas garantizadas para tomar todas las esquinas con facilidad.

Alrededor de la base había figuras vivas de santos y ángeles ataviadas de manera escultórica; y en la cúspide, a una altura de treinta pies, bien atado a una barra de hierro y sosteniendo una cruz de hierro también firmemente clavada, se erguía un representante vivo de San Juan Bautista, con los brazos y las piernas descubiertos, una vestimenta de pieles de tigre alrededor del cuerpo y un nimbo dorado sujeto a la cabeza⁠—tal como el Precursor solía aparecer en los claustros y las iglesias, sin habérsele revelado aún a los pintores como el muchacho moreno y robusto que formaba parte de la Sagrada Familia.

Pues ¿dónde podría colocarse con mayor propiedad la efigie del santo patrono que en el símbolo de la Ceca? ¿Acaso la prerrogativa real de acuñar moneda no era la prueba más segura de que una ciudad había conquistado su independencia? y, con la bendición de San Giovanni, este «bello redil» suyo había mostrado tal prueba entre las primeras de las ciudades italianas.

No obstante, la función anual de representar al santo patrono no figuraba entre los grandes honores de la vida pública; se pagaba con algo

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