estudio especial; pues podría morir demasiado pronto como para realizar ninguna obra independiente. Y este no es un momento para que la integridad académica y la erudición bien cribada permanezcan ociosas, cuando no es solo la ignorancia temeraria lo que hemos de temer, sino cuando hay hombres como Calderino, los cuales, como Poliziano ha demostrado bien, recurren a falsedades desvergonzadas en las citas para servir a los fines de su vanidad y asegurar un triunfo a sus propios errores. Por lo cual, mi Tito, no considero oportuno que dejemos escapar la ocasión que tenemos entre manos.
Y ahora volveremos al punto en el que hemos citado el pasaje de Tucídides, y deseo que, a modo de preámbulo, me acompañéis a revisar todas mis notas sobre la traducción al latina realizada por Lorenzo Valla, por la cual el incomparable papa Nicolás quinto—de cuya atención personal fui honrado cuando aún era joven, y cuando él era todavía Tomás de Sarzana—le pagó (no diré que indebidamente) la suma de quinientos escudos de oro.
Pero dado que Valla, aunque por lo demás de dudosa fama, es tenido en gran honor por su rigor erudito, motivo por el cual el epigramatista ha dicho jocosamente de él que, desde que marchó entre las sombras, el propio Plutcon no se ha atrevido a hablar en las lenguas antiguas, es tanto más necesario que su nombre no sirva como un sello que avale mercancías falsas; y por ello introduciré una digresión sobre Tucídides, en la cual mis castigos al texto de Valla hallen un lugar adecuado.
—Mi Romola, alcanzarás los volúmenes necesarios —tú los conoces— en el quinto estante del gabinete.
Tito se levantó al mismo tiempo que Romola, diciendo: «Yo los alcanzaré, si me losseñalas», y la siguió apresuradamente a la pequeña habitación contigua, cuyas paredes también estaban cubiertas de hileras de libros en perfecto orden.