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XII. El premio está casi al alcance de la mano

“¡Risa, de verdad!”, prorrumpió Monna Brigida de nuevo, en el momento en que Bardo hizo una pausa.

“Si alguien quería oír risas en la boda de hoy se quedó con las ganas, pues cuando el joven Niccolò Macchiavelli intentó hacer una broma, y contó historias del libro de Franco Sacchetti, sobre cómo de nada servía que la Señoría dictara normas para nootras las mujeres, porque éramos más listas que todos los pintores, arquitectos y doctores en lógica del mundo, ya que podíamos hacer que lo negro pareciera blanco, lo amarillo pareciera rosa y lo torcido pareciera derecho, y, si algo estaba prohibido, podíamos encontrarle un nombre nuevo—¡Santísima Virgen! Los piagnoni parecían más sombríos que antes, y alguien dijo que el libro de Sacchetti era perverso.

Bueno, yo no lo leo—no pueden acusarme de leer nada. ¡Líbreme Dios de volver a ir a una boda si esa va a ser la moda!; porque todas nosotras que no éramos piagnoni estábamos tan a gusto como pollos mojados”.

Jamás me he visto en peor trampa sino una sola vez antes, y fue cuando fui a escuchar a su precioso Frate la Cuaresima pasada en

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