Si aquel amado Tito que le había colocado el anillo de esponsales en el dedo no era en ningún sentido válido el mismo Tito a quien había dejado de amar, ¿por qué habría de devolverle la señal de su unión, y no conservarla más bien como un recuerdo?
Y este acto, que surgió como una demostración palpable de la identidad de ambos, poseía un poder inexplicable para ella misma de hacer temblar a Romola. Es lo que ocurre con la mitad de las verdades en medio de las cuales vivimos, que solo nos persiguen y producen pulsaciones sordas que nunca llegan a nacer en sonido. Pero había una voz apasionada que hablaba en su interior y que al poco tiempo anulaba todos esos murmullos apagados.
“¡No puede ser! No puedo estar sujeta a él. Es falso. Me repugna. ¡Lo desprecio!”
Se arrancó el anillo del dedo y lo puso sobre la mesa, junto a la pluma con la que pensaba escribir.
Sintió de nuevo que no podía haber más ley para ella que la ley de sus afectos. Esa ternura y esa aguda compasión por los allegados y los seres queridos, que son el principal fruto de los afectos, habían constituido la religión de su vida: la habían hecho paciente a pesar de su natural impetuosidad; habrían bastado para volverla heroica.
Pero ahora toda esa fuerza había desaparecido, o más bien se había convertido en la fuerza de la repulsión. Se había apartado de Tito en proporción directa a la energía de aquella joven fe y aquel amor que él había defraudado, a aquella devoción de toda la vida hacia su padre contra la cual él había cometido una ofensa irreparable. Y parecía como si se le hubieran esfumado todos los motivos, salvo la indignación y el desprecio que la impulsaban a desgarrarse de su lado.