dominada por el asombro, no se atrevía a decir «no», pero le era igualmente imposible entregar su querido collar con el broche. Sus labios abultados temblaban, las lágrimas acudieron a sus ojos y una gran gota cayó. Por un momento dejó de ver nada; no sintió más que un terror confuso y desdicha. De repente, una mano suave se posó en su brazo y una voz dulce y maravillosa, como si la Santísima Virgen le hablara, dijo: «No temas; nadie te hará daño».
Tessa levantó la vista y vio a una dama de vestimenta negra, con un rostro joven y celestial y unos amorosos ojos color avellana. Nunca antes había visto a nadie como aquella dama y, en otras circunstancias, habría tenido pensamientos reverentes hacia ella; pero ahora todo lo demás quedaba superado por la sensación de que una protección amorosa estaba cerca de ella. Las lágrimas no hacían más que caer con mayor rapidez, aliviando su oprimido corazón, mientras miraba el rostro celestial y, llevándose la mano al collar, decía entre sollozos: