sabía que ninguna mujer florentina hubiera hecho jamás exactamente lo que ella iba a hacer: sabía que las esposas infelices a menudo se refugiaban con sus amigos o en el claustro, pero ambos caminos le eran imposibles; se había trazado un destino propio: ir a ver a la mujer más instruida del mundo, Cassandra Fedele, en Venecia, y preguntarle cómo una mujer instruida podía mantenerse a sí misma en una vida solitaria allí.
No la amilanaban las dificultades prácticas del camino ni la oscura incertidumbre del final. Su vida ya nunca volvería a ser feliz, pero no debía ni podía ser innoble. Y, mediante una patética mezcla de romanticismo infantil y las pruebas de su madurez, la filosofía que nada tenía que ver con aquel gran acto decisivo suyo ocupaba su lugar en la imaginación del porvenir: en la medida en que concebía su vida solitaria y carente de amor, la imaginaba animada por un heroísmo estoico y orgulloso, y por un propósito confuso pero firme de labor, para ser lo bastante sabia como para escribir algo que rescatara el nombre de su padre del olvido. Después de todo, era tan solo una muchacha —esta pobre Romola, que se había hallado a sí misma al final de sus alegrías—.
Quedaban aún otras cosas por hacer. Había una pequeña llave en un cofrecillo sobre la mesa, pero en ese momento Romola advirtió que su vela se estaba apagando y había olvidado provisto de cualquier otra luz. En pocos momentos la habitación quedó en total oscuridad. Buscando a tientas el camino hacia la silla más cercana, se sentó a esperar la mañana.
Su propósito al buscar la llave había evocado ciertos recuerdos que habían vuelto a ella durante la semana pasada con la nueva viveza que las palabras recordadas siempre tienen para nosotros cuando hemos aprendido a darles un nuevo significado. Desde la conmoción de la revelación que había parecido separarla para siempre de Tito, aquella última entrevista con Dino no se había apartado de su mente por muchas horas seguidas. Y la acosaba tanto más cuanto que, mientras sus imágenes