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VI. Esperanzas al amanecer

“A la verdad, es tan claro como el vidrio veneciano que este excelente joven ha tenido la mejor formación; pues los dos Cennini ya lo han puesto a trabajar en sus pliegos griegos, y me parece que no son hombres de cortar antes de haber probado el filo de sus herramientas; lo pusieron a prueba de sobra de antemano, podemos estar seguros, y si hay dos cosas que no se pueden ocultar —el amor y la tos—, digo que hay una tercera, y esa es la ignorancia, una vez que a uno le toca hacer algo más que menear la cabeza. El tonsor inequalis se delata irremediablemente cuando toma las tijeras en la mano; ¿no es verdad, Messer Bardo? Hablo a la manera de un barbero, pero, como dice Luigi Pulci—

“ ‘Perdonimi s’io fallo: chi m’ascolta Intenda il mio volgar col suo latino.’ ”

—No, mi buen Nello —dijo Bardo, con un aire de amistosa severidad—, tú no eres del todo iletrado, y sin duda habrías hecho un progreso más respetable en el estudio si te hubieras abstenido un tanto de la cicalata y de los chismes de las esquinas, a los que nuestros florentinos son tan adictos; pero aún más si no hubieras cargado tu memoria con esas frívolas producciones de las cuales Luigi Pulci ha suministrado el ejemplo más pecaminoso: un compendio de extravagancias e incongruencias de lo más alejado de los modelos de una era pura, y que se asemeja más bien a los grylli o caprichos de un periodo en que el sentido místico se consideraba garantía de la monstruosidad de la forma; con esta diferencia: que, mientras se retiene la monstruosidad, el sentido místico está ausente; en deleznable contraste con el gran poema de Virgilio, quien, como sostuve durante mucho tiempo con Filelfo, antes de que Landino asumiera la tarea de exponer la misma opinión, encarnó las más profundas enseñanzas de la filosofía en una fábula graciosa y bien tejida.

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