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LXX

Aquel día se fueron todos a casa de Monna Brigida, en el Borgo degli Albizzi. Romola le había hecho saber a Tessa, por grados sutiles, que Naldo jamás podría volver con ella: no porque fuera cruel, sino porque estaba muerto.

“Pero consuélate, mi Tessa —dijo Romola—. He venido para cuidarte siempre. Y tenemos a Lillo y a Ninna”.

A Monna Brigida le temblaba la boca en la lucha entre su respeto por Romola y el deseo de hablar a destiempo.

“Que se quede así, por el momento —pensó—; pero me parece un milagro hasta que le diga a esta pequeña contadina, que parece no saber cuántos dedos tiene en la mano, quién es Romola. Y se lo diré algún día, o si no, nunca sabrá cuál es su lugar. Todo muy bien para Romola; nadie tendrá autoridad sobre su propia alma cuando ella esté presente; pero si he de tener a esta gatita carilarga viviendo en mi casa, tendrá que serme humilde”.

Sin embargo, Monna Brigida quería dar a los niños demasiados dulces para la cena, y le confesó a Romola, justo antes de irse a la cama, que sería una lástima no cuidar de semejantes querubines.

—Pero debes cederme un poco, Romola, en lo que respecta a sus comidas y esas cosas. Porque tú nunca has tenido un bebé, y yo tuve mellizos, solo que murieron tan pronto como nacieron.

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