los demás lobos y ver luego cuál de ellos lograba arrebatar la mayor parte de la presa. Y existía una disposición general a considerar a Florencia no como a un lobo compañero, sino más bien como a una codiciable carroña. Florencia, por tanto, de entre todos los principales Estados italianos, había sido la única en negarse a unirse a la Liga, adhiriéndose aún a la alianza francesa.
Ella se había negado por su cuenta y riesgo. En ese momento Pisa, que aún luchaba salvajemente por la libertad, era alentada no solo por fuertes contingentes de Venecia y Milán, sino por la presencia del emperador alemán Maximiliano, quien había sido invitado por la Liga y se unía a los pisanos con las tropas de que disponía en el intento de apoderarse de Livorno, mientras la costa se veía asediada por naves venecianas y genovesas.
Y si Livorno caía en manos del enemigo, ¡ay de Florencia! Pues si se cerraba aquella única salida hacia el mar, cercada como estaba por tierra por la amarga inquina del papa y la envidia de los Estados menores, ¿cómo podrían llegarle los auxilios?
El gobierno de Florencia había demostrado un gran valor ante aquella necesidad apremiante, haciendo frente a las pérdidas y derrotas con un esfuerzo vigoroso, recaudando nuevos fondos, reclutando nuevos soldados, pero sin descuidar el buen método tradicional de la defensa italiana: las embajadas conciliadoras. Y mientras la escasez de alimentos se hacía cada vez mayor, habían decidido, en contra de los antiguos precedentes, no cerrar las puertas a los campesinos hambrientos ni a los mendigos expulsados de las puertas de otras ciudades, que acudían en masa a Florencia como pájaros de una tierra nevada.
Estos actos de un gobierno en el que los discípulos de Savonarola constituían el elemento más fuerte no pasaron sin críticas.