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IX. El rescate de un hombre

Lejos, en la perspectiva retrospectiva de su vida recordada, cuando apenas tenía siete años, Baldassarre lo había librado de los golpes, lo había llevado a un hogar que parecía un paraíso abierto, donde había comida dulce y caricias reconfortantes, todo ello sobre las rodillas de Baldassarre; y desde aquel momento hasta la hora en que se habían separado, Tito había sido el único centro de los desvelos paternales de Baldassarre.

Y había sido dócil, flexible, de rápida comprensión, presto a aprender: un muchacho muy brillante y encantador, un joven de una gracia casi espléndida, que parecía carecer por completo de vicios, como si esa hermosa forma representara una vitalidad tan exquisitamente equilibrada y en su punto que no pudiera conocer deseos inquietos ni zozobra; una presencia radiante que un hombre solitario se había ganado para sí. Si guardaba silencio cuando su padre esperaba alguna respuesta, aun así no parecía malhumorado; si rehusaba alguna labor —vaya, se dejaba caer con un aire tan encantador, medio sonriente y medio suplicante, que el placer de mirarlo compensaba a quien había seguido su crecimiento con un sentimiento de derecho y posesión—: las curvas de la boca de Tito encerraban un inefable buen humor. Y luego, ese talento presto al que todo se le daba con facilidad, ¡desde los sistemas filosóficos hasta las rimas de una balada callejera captadas al vuelo! ¿Habría dicho alguien que Tito no había correspondido con creces a su benefactor, o que su gratitud y su afecto fallarían ante cualquier gran exigencia?

No admitía que su gratitud hubiera flaqueado; pero no era seguro que Baldassarre estuviera en la esclavitud, ni era seguro que viviera.

—¿No me debo algo a mí mismo? —dijo Tito para sus adentros, con un leve movimiento de hombros, el primero que hacía desde que se había vuelto para mirar los florines. —Antes de abandonarlo todo y exponerme de nuevo a todos los riesgos de los que ya estoy cansado, debo tener al menos una esperanza

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