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XXVI. La vestimenta del miedo

necesarias en nombre de la Señoría; luego se hizo a un lado con gracia y dejó que el rey continuara. Su presencia de ánimo, que le había fallado en la terrible crisis de la mañana, había sido esta vez un instrumento presto. Era una excelente librea de criado que nunca lo abandonaba cuando el peligro no era visible. Pero cuando lo felicitaron por su oportuno servicio, le quitó importancia entre risas como a algo sin trascendencia, y a quienes no lo habían presenciado, les dejó el mérito del recibimiento improvisado a Gaddi. No es de extrañar que Tito fuera popular: la piedra de toque con que los hombres nos ponen a prueba es, las más de las veces, su propia vanidad.

Otras cosas, además de la bienvenida oratoria, habían resultado bastante peores de lo esperado. Si todo hubiera ocurrido según las ingeniosas ideas preconcebidas, la procesión florentina de clérigos y laicos no habría visto su camino obstruido ni se habría visto obligada a tomar una ruta improvisada por las calles secundarias para encontrarse con el rey únicamente en la catedral.

Asimismo, si el joven monarca bajo el palio, sentado en su corcel con la lanza sobre el muslo, se hubiera parecido más a un Carlomagno y menos a un grotesco modelado a las apuradas, la imaginación de sus admiradores se habría visto muy ayudada. Habría sido de desear que el azote de la maldad italiana y «campeón del honor de las mujeres» hubiera tenido una pierna menos miserable y solo el número normal de dedos; que su boca hubiera tenido una abertura de anchura menos reptiliana y su nariz y cabeza, un perfil menos exorbitante.

Pero la flaca pierna descansaba sobre paño de oro y perlas, y el rostro no era más que una interrupción de unas pocas pulgadas cuadradas en medio del terciopelo negro y el oro, y el destello de los rubíes, y los brillantes tintes del palio bordado y guarnecido de perlas: «fù gran magnificenza».

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