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XLVII

que su entendimiento no discerniría otra cosa que el hecho de que Tito se había «dado la vuelta» y frustrado el complot. Por otra parte, al postergar su advertencia a Savonarola hasta la mañana, estaría casi seguro de perder la oportunidad de advertir a Spini de que el Frate había cambiado de opinión; y la banda de los Compagnacci regresaría con toda la furia de la desilusión. Este último, sin embargo, fue el riesgo que eligió, confiando en su capacidad para calmar a Spini asegurándole que el fracasó se debía únicamente a la cautela del Frate.

Tito estaba molesto. Si hubiera tenido que sonreír, le habría supuesto un esfuerzo inusual. Estaba decidido a no volver a encontrarse con Romola, y esa noche no fue a casa.

Ella veló durante toda la noche y nunca se quitó la ropa. Oyó que la lluvia se volvía cada vez más intensa. Le gustaba oír la lluvia: los cielos tormentosos parecían un resguardo contra las maquinaciones de los hombres, obligándolos a la inacción. Y la mente de Romola fue asaltada de nuevo, no solo por la más profunda duda sobre su esposo, sino por la duda acerca de su propia conducta. ¿Qué mentira no le habría dicho? ¿Qué proyecto no tendría, del cual ella aún ignoraba? Todos los que confiaban en Tito estaban en peligro; era inútil intentar persuadirse de lo contrario. ¿Y acaso no estaba ella escuchando egoístamente los impulsos de su propio orgullo al rehuir la advertencia a los hombres contra él? > «Si su esposo era un malhechor, su lugar estaba en la prisión a su lado», podría ser; ella se conformaba con cumplir con esa

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