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XXXI. La fruta es semilla

parecería una tentación, sino tan solo una horrible alternativa, huir deshonrado, aun con una bolsa de diamantes, y llevar una vida de aventurero. Le era imposible prescindir siquiera de aquellos florentinos que solo lo saludaban con consideración; aún le era más imposible prescindir de Romola. Ella era la esposa de su primer amor⁠—la seguía amando⁠; ella pertenecía al mobiliario de su vida del que le aterraba desprenderse. Se encogía bajo el peso del juicio de ella, se sentía inseguro respecto a hasta dónde podía llegar la repugnancia de los sentimientos de ella hacia él; y todo ese sentido de poder sobre una esposa que hace que un marido se arriesgue a traiciones en las que un amante nunca se aventura, no bastaría para contrarrestar la inquietud de Tito. Este era el peso de plomo que había podido más que su voluntad y le había impedido alzar la vista para encontrarse con los ojos de ella. La luz pura de estos le acercaba demasiado la perspectiva de una lucha inminente. Pero no había más remedio; si tenían que abandonar Florencia, necesitaban dinero; en efecto, Tito no concebía en absoluto su vida a su gusto sin una suma considerable de dinero. Y ese problema de organizar su vida a su gusto había sido el origen de todas sus fechorías. Había estado dispuesto a cualquier sacrificio que no fuera desagradable.

Los magnates del susurro iban y venían, los tratos se habían cerrado y Romola regresó a casa; pero esa noche no se dijo nada grave. Tito se mostró únicamente alegre y charlatán, y le prodigó, como no lo había hecho antes, historias y descripciones de lo que había presenciado durante la visita francesa. Romola creyó adivinar un esfuerzo en su vivacidad y, atribuyéndolo a la conciencia de él de que ella había sido herida por la mañana, aceptó el esfuerzo como un acto de penitencia, sintiendo un leve dolor interior

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