culta y las bellas artes, de modo que siempre se podía obtener adulación en el latín más selecto de los que entonces se disponían, y había artistas sublimes a mano para pintar lo santo y lo impuro con imparcial habilidad. La Iglesia, según se decía, jamás había estado tan desacreditada en su cabeza, jamás había mostrado tan pocos signos de una creencia renovadora y vital en sus miembros inferiores; sin embargo, era mucho más próspera que en algunos días pasados. Los cielos eran hermosos y risueños arriba; y abajo no había indicios de terremoto.
Sin embargo, en aquel tiempo, como hemos visto, había un hombre en Florencia que desde hacía dos años y más venía predicando que se avecinaba un azote; que el mundo ciertamente no estaba hecho para la duradera comodidad de los hipócritas, los libertinos y los opresores. Desde en medio de aquellos cielos sonrientes había visto pender una espada —la espada de la justicia de Dios—, que pronto iba a descender con castigo purificador sobre la Iglesia y el mundo.