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LII. Una profetisa

Le bastaba con pasar tras la cortina bajo el viejo arco de piedra para encontrar un santuario apartado del ruido y las prisas de la calle, donde todos los objetos y todos los usos sugerían la idea de una paz eterna subsistiendo en medio de la agitación.

Entró y, dejándose caer en el escalón del altar frente a la serena Virgen apareciéndose a San Bernardo de Filippino Lippi, esperó con la esperanza de que el tumulto interior que la agitaba amainara poco a poco.

El pensamiento que la abrumaba con mayor agudeza era que Camila podía invocar el respaldo de Savonarola a su perversa insensatez. Romola no creía ni por un momento que él hubiera santificado la defenestración de Bernardo del Nero como una sugerencia divina; sentía la certeza de que había falsedad o error en tal afirmación. Savonarola se había vuelto cada vez más severo en su postura ante la resistencia de los malcontentos; pero las ideas de estricta ley y orden eran fundamentales en toda su enseñanza política. Aun así, puesto que conocía los efectos potencialmente fatales de las visiones como la de Camila, puesto que sentía una marcada desconfianza hacia tales mujeres dadas a ver espíritus y se mantenía alejado de ellas tanto como le era posible, ¿por qué, con su prontitud para denunciar el mal desde el púlpito, no denunciaba públicamente estas pretendidas revelaciones que arrojaban una nueva oscuridad en vez de luz sobre la concepción de una Voluntad Suprema? ¿Por qué? La respuesta acudió con dolorosa claridad: > se hallaba interiormente encadenado por la conciencia de que tales revelaciones no se diferenciaban de raíz, de manera clara, de sus propias visiones; se

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