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XX. El día del esponsal

ando buscando para encontrarte, y no puedo. ¡Ay, por favor, no me mandes otra vez lejos de ti! Ha pasado tanto tiempo, y ahora lloro tanto, porque nunca vienes a verme. No puedo evitarlo, porque los días son muy largos, y ya no me importan las cabras ni los cabritos, ni nada, y no puedo...

Los sollozos acudieron ahora deprisa, y las grandes lágrimas. Tito sintió que no podía hacer otra cosa que consolarla. Despedirla —sí—, eso tenía que hacerlo, y de inmediato. Pero resultaba aún más imposible decirle nada que la dejara en un estado de desesperación. Vio nuevos problemas en el horizonte, pero la dificultad del momento era demasiado acuciante como para sopesar consecuencias lejanas.

—Tessa, pequeña mía —dijo, con sus viejos tonos acariciadores—, no debes llorar. Soporta la cruz de tu patrigno un poco más. Volveré contigo. Pero ahora me voy a Roma, muy, muy lejos. Volveré en unas semanas, y entonces te prometo que vendré a verte. Prométeme que serás buena y me esperarás.

Era de nuevo la recordada voz, y el solo sonido bastaba para calmar a medias a Tessa. Ella lo miró con ojos confiados, que aún brillaban con lágrimas, sollozando todo el tiempo, a pesar de sus mayores esfuerzos por obedecerle. De nuevo dijo él, con voz suave:

“Prométeme, mi Tessa”.

—Sí —susurró ella—. ¿Pero no tardarás mucho?

—No, mucho tiempo no. Pero debo irme ahora. Y recuerda lo que te dije, Tessa. Nadie debe saber que alguna vez me ves, o me perderás para siempre. Y ahora, cuando me haya ido, vete directamente a casa y no me sigas nunca más. Espera a que vaya a verte. Adiós, mi pequeña Tessa: iré.

No había más remedio; tenía que dar la vuelta y dejarla sin mirar atrás para ver cómo lo soportaba, pues no le sobraba el tiempo.

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