campesinas, para quienes la mitad del cielo estaba oculta por las montañas y que se iban a la cama al atardecer; y el canto ininterrumpido del coro constituía un reposo para el oído tras el bullicio infernal de la multitud
Poco a poco la escena se fue aclarando, aunque aún persistía una tenue neblina amarillenta de incienso que se mezclaba con el aliento de la multitud.
En una capilla a la izquierda de la nave, adornada con lámparas de plata, se veía desvelado el milagroso fresco de la Anunciación que, desde la perspectiva oblicua de Tito en el lado derecho de la nave, parecía oscuro por el exceso de luz a su alrededor.
Todo el espacio de la gran iglesia estaba lleno de campesinas, algunas arrodilladas, otras de pie; la piel toscamente bronceada y la ropa desteñida de los habitantes más rústicos de las montañas contrastaban con los rostros de líneas más suaves y los tocados blancos o rojos de las habitantes acomodadas del valle, que se encontraban dispersas en grupos irregulares.
Y extendiéndose alta y lejana sobre los muros y el techo había otra multitud, apretada también la una contra la otra para estar más cerca de la poderosa Virgen. Era la muchedumbre de exvotos de cera, las efigies de grandes personajes, vestidos con sus hábitos de cuando vivían: florentinos de alto nombre con su lucco de seda negra, tal como se sentaban en consejo; papas, emperadores, reyes, cardenales y famosos condottieri con morrión emplumado montados en sus corceles; todos los extranjeros notables que pasaban por Florencia o tenían algo que ver con sus asuntos—mahometanos incluso, en muy tolerada compañía con caballeros cristianos—; algunos de ellos con los rostros ennegrecidos y las túnicas raídas por el aliento corrosivo de los siglos, otros frescos y brillantes con nuevo manto rojo o coselete de acero, los dobles exactos de los vivos.