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VI. Esperanzas al amanecer

—A Alessandra Scala le encantan las gemas, ya sabes, padre; las llama sus flores de invierno, y el Segretario casi seguro que compraría cualquier gema que ella deseara. Además, él mismo aprecia mucho los anillos y los sellos, que lleva como defensa contra los dolores en las articulaciones.

—Es verdad —dijo Bardo—. Bartolommeo tiene demasiada confianza en la eficacia de las gemas; una confianza mayor que la sancionada por Plinio, quien muestra claramente que considera muchas creencias de ese tipo como vanas supersticiones; aunque sin negar por completo las virtudes medicinales en las gemas.

Por lo cual yo mismo, como observas, joven, llevo ciertos anillos que el discreto Camillo Leonardi me recetó por carta cuando hace dos años sufrí cierta dolencia de entumecimiento repentino. Mas has hablado bien, Romola. Dictaré una carta para Bartolommeo que Maso llevará. Pero sería bueno que Messere te informe cuáles son las gemas, junto con los entalles que llevan, como garantía para Bartolommeo de que serán dignas de su atención.

—No, padre —dijo Romola, cuya angustia ante el temor de que a su padre le sobreviniera un paroxismo de la manía de coleccionista le dio el valor para resistirse a su propuesta—. Su palabra bastará para asegurar que el Segretario es un erudito y ha viajado mucho. El Segretario no necesitará más incentivo para recibirlo.

—Es verdad, hija —dijo Bardo, tocado en una fibra que con certeza había de responder—. No tengo necesidad de añadir pruebas y argumentos en confirmación de mi palabra a Bartolommeo. Y no dudo de que la presencia de este joven esté en armonía con los tonos de su voz, de modo que, una vez abierta la puerta, él será su mejor defensor.

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