Reflexiones tardías
—Sin embargo, te asustas fácilmente —dijo Piero con otra risa despectiva—. Mi retrato no es tan bueno como el original. Pero el viejo tenía una mirada de tigre; debo ir al Duomo y volver a verlo.
—No es agradable que lo agarre a uno un loco, si es que es loco —dijo Lorenzo Tornabuoni, en disculpa cortés de Tito—, pero tal vez sea tan solo un rufián. Ya lo sabremos. Pienso que debemos averiguar si tenemos la autoridad suficiente para detener este alboroto entre nuestra gente y vuestros compatriotas —añadió, dirigiéndose al francés.
Avanzaron hacia la multitud con las espadas desnudas, mientras todos los tranquilos espectadores les hacían escolta. Tito también fue: era necesario que supiera lo que otros sabían sobre Baldasar, y la parálisis inicial del terror empezaba a ser sucedida por las rápidas artimañas a las que el peligro mortal estimula a los tímidos.
La chusma de hombres y muchachos, más dada a abuchear al soldado y atormentarlo que a recibir o infligir heridas graves, se abrió paso ante la llegada de unos signori con las espadas desnudas, y el soldado francés fue interrogado. Él y sus compañeros simplemente habían traído a sus prisioneros a la ciudad para que pudieran pedir dinero para su rescate: dos de los prisioneros eran soldados toscanos capturados en Lunigiana; el otro, un anciano, iba con un grupo de genoveses, con los que los saqueadores franceses se habían entablado en combate cerca de Fivizzano. Podía estar loco, pero era inofensivo. El soldado no sabía más, ya que era incapaz de entender una sola palabra de lo que decía el viejo.