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IX. El rescate de un hombre

No se podía confiar en el rumor de que había piratas instalados en Delos, o bien podría ser algo irrelevante. ¿Cuál sería, con toda probabilidad, el resultado si abandonara Florencia y fuera a Venecia; consiguiese cartas de autorización —sí, sabía que eso podía hacerse— y partiera hacia el archipiélago? Pues que él mismo sería capturado, gastaría todos sus florines en los preparativos y volvería a ser un vagabundo desamparado, sin más gemas que vender.

Tito tenía una visión más clara de ese resultado que del posible momento en que pudiera volver a encontrar a su padre y llevarle la liberación. Sin duda sería una injusticia que él, en su plena y madura juventud, para quien la vida había tenido hasta entonces algo de limitación y subordinación propia de una escuela, diera la espalda al amor y a la distinción prometidos, y tal vez no volviera a ser visitado jamás por esa promesa.

«Y, sin embargo —se dijo—, si tuviera la certeza de que Baldassarre Calvo está vivo, y de que podría liberarlo, por muchos que fueran los esfuerzos o los peligros, iría ahora mismo—, ahora que tengo el dinero: antes era inútil debatir el asunto. Iría ahora mismo a ver a Bardo y a Bartolommeo Scala, y les diría toda la verdad».

Tito no se dijo con tanta claridad que, si esos dos hombres hubieran sabido toda la verdad, era consciente de que no le habría quedado más alternativa que ir en busca de su bienhechor, quien, de estar vivo, era el legítimo propietario de las joyas, y de quien siempre había hablado equívocamente como «perdido»; no se dijo a sí mismo —lo cual no ignoraba— que griegos distinguidos habían hecho sacrificios, emprendido viajes una y otra vez, y pedido ayuda a cabezas coronadas y mitradas con el fin de liberar a sus parientes de la esclavitud bajo los turcos. La opinión pública no consideraba esto como una virtud excepcional.

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