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XXXII. Una revelación

Una revelación

Al día siguiente, Romola, como cualquier otro florentino, estaba alborotada por la marcha de los franceses. Además de sus otros motivos de alegría, abrigaba la vaga esperanza, consciente de que era medio supersticiosa, de que aquellas nuevas inquietudes acerca de Tito, habiendo llegado con los molestos huéspedes, tal vez se desvanecerían con ellos. Los franceses apenas llevaban once días en Florencia, pero en ese lapso había sentido una desdicha más aguda de la que había conocido antes en su vida. Tito se había puesto la odiosa armadura el día de su llegada, y aunque no lograba formarse una idea clara de por qué la marcha de ellos habría de eliminar la causa de su temor —aunque, al pensar en dicha causa, la imagen del prisionero agarrándolo, tal como la había visto en el boceto de Piero, se le impuso en la mente y excluyó a cualquier otra—, aun así, cuando los franceses se hubieran ido, se libraría de algo que estaba fuertemente asociado con su dolor.

Envulta en su manto, esperó bajo la logia en lo alto de la casa, y atisbó las tropas y el real séquito que pasaban por los puentes rumbo a la Porta San Piero, que mira hacia Siena y Roma. Aún regresó a su puesto cuando las puertas ya se habían cerrado, para sentirse vibrar con el gran repique de las campanas. Era ya de noche cuando por fin descendió a la biblioteca, encendió su lámpara con el propósito de vencer la agitación que la había tenido inactiva todo el día y se sentó a trabajar en la copia del catálogo. Tito había salido de casa temprano por la mañana y ella aún no lo esperaba. Antes de que él llegara, pretendía abandonar la biblioteca y

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