Y el pueblo vitoreó su asentimiento y se sintió elector de los Veinte. Esta especie de «parlamento» era una vieja usanza florentina mediante la cual la voluntad de unos pocos se hacía pasar por la elección de la multitud.
Los gritos en la Piazza cesaron pronto, pero no así el debate dentro del palacio:
- ¿había de tener Florencia un Gran Consejo a la manera veneciana, donde todos los oficiales del gobierno pudieran ser elegidos y todas las leyes votadas por un amplio número de ciudadanos de cierta edad y de probadas aptitudes, sin atender a rango ni partido?
- o bien, ¿había de ser gobernada según un plan más restringido y menos popular, en el cual la influencia hereditaria de las buenas familias estuviera menos adulterada con los votos de los tenderos?
Doctores en leyes discutían día tras día, y bien entrada la noche. Messer Pagolantonio Soderini esgrimía excelentes razones en favor del bando popular; Messer Guidantonio Vespucci esgrimía razones igualmente excelentes en favor de una forma más aristocrática.
Era una cuestión de hervido o asado, que ya había sido prejuzgada por los paladares de los disputantes, y los excelentes argumentos podrían haberse prolongado durante mucho tiempo sin otro resultado que el de aplazar la cocción.
La mayoría de los hombres dentro del palacio, que ya tenían el poder en sus manos, coincidían con Vespucci y pensaban que el cambio debía ser moderado; la mayoría fuera del palacio, consciente de su escaso poder y de sus múltiples agravios, temía menos al cambio.
Y había una fuerza fuera del palacio que tendía gradualmente a dar a los vagos deseos de esa mayoría el carácter de una voluntad determinada. Esa fuerza era la predicción de Savonarola.