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El secreto del Vengador

Podría ser verdad que era un buhonero; él prefería ser buhonero, aunque era lo bastante rico como para tocarse las narices en su tienda todo el día. Pero aquellos que creían haber dicho todo lo que había que decir sobre Bratti al llamarle buhonero, estaban mucho más lejos de la verdad que la otra orilla de Pisa. ¿Cómo era posible que hubiera puesto ese anillo al alcance de un desconocido? Pues porque tenía un conocimiento muy particular de un apuesto y joven signor, que no parecía un ave con plumaje tan fino cuando Bratti lo vio por primera vez como lo era en el momento presente. Y mediante una o dos preguntas, Baldassarre extrajo, sin ninguna dificultad, un relato tan tosco y deshilvanado de la vida de Tito como el buhonero pudo darle, desde el tiempo en que lo había encontrado durmiendo bajo la Loggia de’ Cerchi. A Bratti jamás se le pasó por la cabeza que aquel hombre respetable (que era algo sordo, al parecer, pues le pedía que repitiera muchas cosas dos veces) tuviera curiosidad por Tito; la curiosidad era sin duda por él mismo, como un buhonero verdaderamente notable.

Y Baldassarre salió de la tienda de Bratti, no solo con el puñal al cinto, sino también con un conocimiento general de la conducta y la posición de Tito: su venta inicial de las joyas, su rápido y tranquilo establecimiento en Florencia, su matrimonio y su gran prosperidad.

“¿Qué historia había contado sobre su vida anterior, sobre su padre?”

Le habría resultado difícil a Baldassarre descubrir la respuesta a esa pregunta.

Mientras tanto, quería aprender todo lo posible sobre Florencia. Pero descubrió, con agudo desconcierto, que de los nuevos detalles que aprendía solo podía retener unos pocos, y eso mediante una continua repetición; y comenzó a temer escuchar cualquier discurso nuevo, no fuera a borrar lo que ya se esforzaba por recordar.

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