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XV. El último mensaje

Los pálidos rostros de dolor del fresco en la pared opuesta parecían haberse acercado y formar una sola compañía con el pálido rostro sobre el lecho.

«Frate», dijo la voz moribunda.

Fray Girolamo se inclinó. Pero no salió ninguna otra palabra durante unos momentos.

«Romola», dijo a continuación.

Ella también se inclinó hacia adelante; pero de nuevo hubo silencio. Las palabras luchaban en vano.

“Fra Girolamo, dele⁠—”

“El crucifijo”, dijo la voz de fray Girolamo.

Ningún otro sonido salió de los labios moribundos.

—¡Dino! —dijo Romola, con un grito bajo pero penetrante, al caer en la cuenta de que el silencio del malentendido jamás podría romperse.

—Toma el crucifijo, hija mía —dijo fray Girolamo al cabo de unos minutos—. Sus ojos ya no lo contemplan.

Romola extendió la mano hacia el crucifijo, y este acto pareció aliviar la tensión de su mente. Un gran sollozo brotó de ella. Inclinó la cabeza junto a su hermano muerto y lloró desconsoladamente.

Le pareció que aquella primera visión de la muerte habría de alterar la luz del día para siempre jamás.

Fray Girolamo se dirigió hacia la puerta y llamó a un hermano lego que esperaba afuera. Luego se acercó a Romola y le dijo en un tono de suave mandato: «Levántate, hija mía, y consuélate. Nuestro hermano está con

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