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LXX

nadie sabía adónde había ido Tessa. Romola no vio ninguna otra posibilidad de búsqueda activa a su alcance; pues no tenía ningún conocimiento que pudiera servirle de punto de partida para una indagación, y no solo su reserva innata, sino una sensibilidad más noble, hacían que se rehusara a asumir una actitud de generosidad ante los ojos de los demás al hacer pública la relación de Tessa con Tito, junto con su propio deseo de encontrarla. Muchos días pasaron en una inacción angustiante. Incluso bajo la fuerte insistencia de otros pensamientos, el corazón de Romola latía con fuerza si divisaba un par de piernas redondas y morenas, o a una mujer bajita con el traje de contadina.

Nunca se dijo a sí misma ni por un momento que fuera heroísmo o caridad exaltada buscar a aquellos seres; necesitaba algo por lo que estuviera obligada a velar en especial; ansiaba estrechar a los niños entre sus brazos y hacer que la querrían.

Eso al menos sería un dulce resultado, tanto para los demás como para ella misma, de todo su dolor pasado.

Parecía haber una gran cantidad de bienes de Tito a los que tenía derecho; pero desconfiaba de la limpieza de ese dinero y había decidido cedérselo todo al Estado, excepto una suma equivalente al precio de la biblioteca de su padre. Esto bastaría para el modesto sustento de Tessa y los niños.

Pero Monna Brigida relegó tales planes a un segundo plano al insistir ruidosamente en que Romola debía vivir con ella y no abandonarla jamás hasta verla a salvo en el Paraíso —si no, ¿para qué la había persuadido de volverse piagnone?— y que, si Romola quería criar a los hijos ajenos, ella, Monna Brigida, tenía que criarlos también. Solo que primero había que encontrarlos.

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