“No, amigo, no soy un criado; soy un erudito”.
Hay hombres a los que basta con decirles: «Soy un búfalo», en cierto tono de tranquila confianza, para que te dejen pasar.
El botones cedió al instante, Baldassarre entró y oyó cómo cerraban y echaban la cadena a la puerta a sus espaldas, mientras él también desaparecía entre los arbustos brillantes.
Aquellas respuestas prontas y firmes denotaban un gran cambio en Baldassarre desde el último encuentro cara a cara con Tito, cuando el puñal se partió en dos.
El cambio se había manifestado de un modo desconcertante.
En el momento en que la sombra de Tito pasó frente a la choza al emprender el camino de regreso a casa, Baldassarre estaba sentado en ese estado de temblor posterior que conoce cualquiera que sea propenso a grandes arrebatos de pasión: un estado en el que la impotencia física va acompañada a veces de una lucidez de pensamiento excepcional, como si la descarga de la pasión exaltada se hubiera llevado una neblina ígnea y hubiera dejado la claridad tras de sí.
Se sentía incapaz de levantarse y marcharse todavía; sus extremidades parecían adormecidas; tenía frío y le temblaban las manos. Pero en esa indefensión corporal estaba sentado, rodeado no por la penumbra habitual y las sombras huidizas, sino por las imágenes nítidas del pasado; volvía a vivir en un transcurso ininterrumpido aquella vida que parecía una larga preparación para saborear la amargura.
Durante unos minutos estuvo demasiado absorto en las imágenes como para reflexionar sobre el hecho de las visiones y advertir tal cambio como una novedad. Pero cuando aquella repentina claridad hubo atravesado la distancia y vino por fin a posarse sobre la escena recién pasada,