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XIV. La feria de los campesinos

—Está bien —dijo Tito—. Estaré en tu tienda, si nada lo impide.

“Y sin duda se portará usted noblemente conmigo por vieja amistad, Messer Greco, de modo que no me detendré a fijar la pequeña suma que habrá de darme en señal de mi servicio en este asunto. Se me hace ya un milenio por salir de la plaza, pues una feria es algo aburrido, por no decir perverso, cuando uno ya no tiene más mercancías que vender”.

Tito hizo una rápida señal de asentimiento y adiós, y apartándose del pilar, se vio de nuevo empujado hacia el medio de la plaza y devuelto, sin poder determinar su propio rumbo.

De este modo en zigzag fue llevado hasta el extremo de la plaza opuesto a la iglesia, donde, en un profundo recoveco formado por una irregularidad en la línea de las casas, se desarrollaba un espectáculo que parecía atraer especialmente a la multitud.

Fuertes estallidos de risa interrumpían un monólogo que a veces era lento y oratorio, y otras trepidante y bufo. Aquí una chica era empujada hacia el círculo interior con aparente retención, y allá una descarada risueña se abría paso con sus propios codos.

Era una luz extraña la que se extendía sobre la plaza. Estaban las pálidas estrellas que brotaban arriba, y los desvaídos y ondeantes farolillos abajo, dejando todos los objetos indistintos excepto cuando se les veía de cerca bajo las luces de movimiento inconstante; pero en este recoveco había una luz más intensa, contra la cual las cabezas de los espectadores que formaban el círculo se recortaban en oscura silueta a medida que Tito era empujado gradualmente hacia ellos, mientras por encima de ellos se alzaba la cabeza de un hombre que llevaba una mitra blanca con figuras cabalísticas amarillas sobre ella.

«¡Estad atentos, hijos míos! —oyó Tito que decía—, ¡atended a vuestra oportunidad! No desestiméis el santo sacramento del matrimonio

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