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XXVIII. El registro pintado

El registro pintado

Cuatro días después, Romola iba de camino a la casa de Piero di Cosimo, en la Vía Gualfonda.

Algunas de las calles por las que tenía que pasar estaban bordeadas de franceses que contemplaban Florencia, y de florentinos que contemplaban a los franceses, y la mirada por ninguna de las dos partes era enteramente amistosa y admirativa.

La primera nación de Europa, al encontrarse por necesidad, fuera de su propio país, en presencia de una inferioridad general, adoptaba naturalmente un aire de consciente preeminencia; y los florentinos, que se habían tomado tantas molestias para hacer de anfitriones amablemente, estaban de muy mal humor con sus huéspedes demasiado superiores.

Porque, pasados los primeros saludos risueños y las festividades —tras haberse representado en las iglesias misterios maravillosos con incomparable maquinaria de nubes flotantes y ángeles—, una vez que el huésped real hubo honrado a las damas florentinas con abundancia de sus miradas muy cristianas en bailes y cenas, y se hubo empezado a hablar de negocios, resultó que el nuevo Carlomagno consideraba Florencia como una ciudad conquistada, por cuanto había entrado en ella con la lanza en ristre, hablaba de dejar atrás a su virrey y tenía la intención de hacer regresar a los Medici. ¡Singular lógica parecía ser esta por parte de un instrumento electo de Dios! ya que la política de Piero de' Medici, repudiada por el pueblo, había sido la única ofensa de Florencia contra la majestad de Francia. Y Florencia estaba decidida a no someterse. Tal

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